martes, 12 de julio de 2011

Acedia

Hace unos días escribí que debería haber nacido en la Edad Media, por lo romántica que soy en mi estilo de pensamiento. Bueno, me retracto. Si así hubiera sido, probablemente hubiese sido acusada de pecadora. Y obligada a ser exorcizada, por poseer un pecado capital, uno de los peores: la pereza.

Claro que en realidad, sería una forma distinta de pereza, que no está relacionada a la tendencia a la ociosidad o la negligencia, sino al plano espiritual.

La acedia es un "cansancio o inquietud del corazón", y se relaciona con la melancolía, con la tristitia. Y lleva a la desesperación, que por supuesto también es pecado. Porque es la antítesis de la fe.

O sea que hubiese estado muy complicada.

Que tampoco difiere mucho de mi estado actual, en el siglo XXI. Complicada e inquieta.

Debe ser por poseer una mente tan inquisidora, tan extremadamente reflexiva y analítica. O ni tan sofisticada, digamos que es una mente reventada y enredada. Esos adjetivos me sientan mejor.  Porque he aquí el quid de la cuestión: ¿pienso o no pienso?. Puedo, por supuesto, no pensar. Puedo elegir vivir mi día a día estilo reino animal. Moverme por hábitos, seguir mis instintos y repetir este mecanismo incansables veces. O como integrante del reino vegetal, sin pensar ni hablar ni escuchar ni ver ...

Pero la maldita naturaleza se encaprichó conmigo y me asignó a la especie humana, brindándome cinco sentidos que me generan problemas y un cerebro cuyas funciones fueron programadas para autodestruirme ni bien me distraigo.

Si existen situaciones que prefiero no ver, no enterarme, no leer, ni saber, ni vivir, ni analizar, ¿por qué demonios busco por todos los medios ir en contra de esa preferencia? ¿Por qué la tortura, el flagelo de enterrarme el dedo bien profundo en la herida una y otra vez?

Encima, masoquista. Volviendo a la Edad Media, hubiera usado un cilicio para recordarme todos los días la necesidad de sufrir. Ridículo. Claro que para cuando salgo de la posesión mortificadora, ya mi pateticidad llegó a límites impensados y ni me declararon mártir ni me beatificaron. Sólo se rieron de mi pena, se abusaron de mi debilidad y me pisotearon un poco más, para hacerme sentir peor. Los hermanos que me rodean, claro está. Porque en este mundo de bípedos, el que no corre vuela y ante el primer signo de desventaja adaptativa, zas! te quedaste fuera del pool genético dominante.

Problema mío por no aprender. Por no bancármela calladita la boca, sin despertar sospechas. Debería hacerme un tatuaje que diga "FRÁGIL" y mostrarlo durante la peor semana del mes, para que todos se corran de mi mundo. O mejor, me dejo crecer el cabello bien largo y me encierro en una torre hasta que llegue la menopausia. Y ahí me arriesgo, tiro la trenza por la ventana y a ver si algún príncipe se anima a subir.

Hmm.... No sé si será buena idea esto de que un príncipe se acerque a mí cuando esté menopaúsica. Si así estoy como criatura castigada por la maldición de Eva, imagínense cómo estaré cuando se retire...

Sigo en problemas. Porque según Dante me voy a ir al séptimo infierno, que es el peor, a pasar mi eternidad semi hundida en una ciénaga; según los evolucionistas puedo terminar siendo un pájaro carpintero, o un gorrión, o una gaviota; según Burton mi melancolía sólo puede curarse "por medio de la risa, la lectura y la compañía de muchachas sencillas" (¿que me está sugiriendo este hombre?, por el amor de Zeus...) y según Kierkeggard poseo una "existencia inauténtica": soy melancólica por mi culpa y al no desear nada de manera profunda sufro de una inautenticidad de espíritu.

Listo.

Y qué bueno hubiera sido encontrarnos algún día para entregarnos cuentas de lo andado, para mirarnos a los ojos por lo menos una vez más en la vida, y arrancarnos -¿quién sabe?- las flores que entretanto nos hubieran crecido para el otro en el propio corazón.(...) Hoy sé que así tratabas de explicarme que el mundo es demasiado grande para nuestra nostalgia.


Mario Payeras

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