miércoles, 13 de julio de 2011

Sexto Sentido

No, no, no veo gente muerta. Menos mal, porque sino ya tendría como 5 bypass cardíacos...

Aunque ahora que lo pienso es quizás probable que sí vea gente muerta todos los días, pero pienso que están vivos y me confundo. Por las caras de zombies que tienen y la mala onda bajo-tierra que irradian, pueden ser seres oscuros que toman forma humana sólo para acercarse más a mi alma y absorberla. Cual Dementores.

Ojo, les va a caer mal, dejé de ser buena hace rato. Van a tener que tomar muchos antiácidos para digerir mi esencia.

En fin, la cuestión es que este sentido que me sobra y que a veces preferiría no tener, hoy me salvó de ser atracada por un malviviente en el bus.

Como todos los martes, tomo el 53 para volver a casa después de mi sesión psicológica. Primero pasó uno con la máquina fuera de servicio, o sea, no paró. Cosa que me parece una falta de respeto, porque ahora está el lector de tarjetas Sube, así que debería parar igual y si la persona no tiene tarjeta y tiene monedas, I´m sorry, I´m perry, que espere el siguiente.

Bueno, a pesar de mi indignación, nada podía hacer más que seguir esperando. Fueron unos 20 minutos... pero por suerte el clima está más loco que yo y no hace frío, así que si no hubiera sido porque mi celular no funcionaba, la espera hubiese transcurrido en paz. Adelante mío había un joven muy elegantemente vestido de traje, que sudaba como un oso polar en el Sahara. La verdad es que no sé bien si sudaba o si tenía el pelo mojado, pero se secaba con un pañuelito descartable el cuello y atrás de las orejas. Quizás transpiraba de los nervios, porque cuando el 53 no se detuvo, insultó hasta en sánscrito y caminaba de acá para allá en su baldosa de 20 cm x 20 cm. Al menos se nota que era respetuoso de la noción de espacio propio y ajeno, porque a mí no me molestaba. En un momento se ve que se cansó y se fue caminando ofuscadísimo. Ahí me di cuenta que seguro recién se había bañado y tenía el pelo mojado, porque en su lugar dejó olor a jabón.

Volviendo al tema del atraco fallido, subo en el próximo 53 que venía cargado como camión de ganado y comienzo a hacer control mental para no desmayarme ni sufrir un ataque de pánico. A los 10 minutos de viaje se sube un sujeto sexo masculino, aproximadamente 26 años, vistiendo pantalón deportivo ancho, zapatillas con resortes y campera deportiva XXL, con gorra de béisbol en la cabeza, actitud sospechosa y mirada desafiante. Manos en los bolsillos, luego hacia la cintura, miradas de reojo y acercamientos innecesarios hacia otros pasajeros.

Por supuesto que a cara de loca desquiciada un martes a las casi 9 de la noche, luego de pasar unas preciosas y largas horas en la zen-oficina y un rato charlando con mi psicóloga, no me ganan muchos. Créanme: mi cara de mala, asusta. Soy una versión pocket de mujer, mido 1.55 y soy chiquita, pero si tengo que pegar unos golpes para defenderme, ahí vamos con todo.

La horda de pasajeros me llevó hacia el medio del bus, y vaya casualidad, este sujeto se me aparece al lado. Hmm. Cuando llego a la estación de trenes se baja el 80% de los humanoides-vacas y yo finalmente encuentro un asiento. Y ¡oh! allí se me sienta enfrente el amigo de las zapatillas llamativas. Ok, ¿me estás buscando? Me vas a encontrar y no te va a gustar.

Con un gesto al extremo dramático, salto de mi asiento al asiento del pasillo de al lado, abro la ventanilla ruidosamente de par en par, logro que todos los que quedaron aún en el colectivo me miren entre perplejos y confundidos, clavo mi mejor mirada de asesina serial en el sujetito provocador, me sueno los dedos de las manos cerrando los puños, estilo Rocky Balboa y me acomodo en el asiento, como si fuera un patovica de 90 kilos con espalda de rugbier.

El sospechoso me mira por un momento y luego esquiva mi mirada y se enfoca en el extremo opuesto. Bien. Gané esta partida, pero todavía me queda el desafío de observar dónde se baja y si espera a que yo baje para seguirme. Será que veo mucho CSI y Criminal Minds, o que las estadísticas de inseguridad me están enloqueciendo, pero prefiero ir alerta antes que ser carnada y morir clavada en un anzuelo.

Cuando el colectivo dobla en la avenida cerca de casa, que está bien iluminada, aprovecho que se bajan unos pasajeros(totalmente desinteresados en mi película policial), hago un rápido movimiento ninja y bajo con ellos. Ni tiempo al susodicho de hacer nada. Ya el 53 había arrancado y yo estaba abajo esperando un taxi que me deje en la puerta de casa a salvo.

Sigo confiando en que mi sexto sentido no me engaña.

Y agradezco a Ares por haberme ayudado a ser valiente y a que el NN no haya visto el detalle de mis uñas esculpidas con french grises y apliques de brillos, porque ahí sí que perdía mi credibilidad de kick boxer.

Ojito malandras sueltos, que pego, muerdo y araño.

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