martes, 16 de agosto de 2011

Buenos Aires tiene ese qué se yo...

Así es mi ciudad. Tiene sus calles alborotadas de gente que corre contra el reloj, placitas llenas de bancos dispuestos a escuchar las más divertidas o tristes conversaciones... Bares en cada esquina, llenos de aromas e historias de amores perros y berretines. Taxistas con  creencias políticas extremas y consejos de psicología barata... Todo en Buenos Aires tiene un toque mágico, especial. Encantador.

No hay rincón de la ciudad que yo haya pisado en el cual no haya también dejado un recuerdo. Mientras camino, o desde el colectivo; voy trayendo a mi memoria aquellos momentos en los cuales estuve en esas calles, esquinas, negocios, paradas de bus, rincones perdidos; y se asoma en mi rostro una sonrisa, o se me escapa una lágrima, o destilo un poquito de bronca... Puedo cerrar los ojos y volver el tiempo atrás y reproducir exactamente aquella escena que marcó parte de mi vida. Y ahí se queda. Y ahí se quedará.

No habrá tiempo ni distancia que impidan que cada vez que pase por aquellos sitios, vea una foto o una postal, automáticamente los relacione con aquellas experiencias vividas. Que son las que arman mi vida. Esta vida que por momentos no entiendo, que me pasa por encima y me deja casi muerta, que se muestra complicada, que me confunde, me sacude, me llena de alegría o me hace fumar como un escuerzo bajo la lluvia y el frío, con el corazón desolado pidiendo amor a gritos...

Buenos Aires y yo tenemos secretos, hay parajes que solo nosotros conocemos, que construímos y buscamos, que son nuestros, que son refugios señalados para esconderme del resto de los porteños... donde nadie me conoce, donde nadie me encuentra.

Si pudiera volver el tiempo atrás y tener la posibilidad de elegir nuevamente los pasos a seguir en mi vida, no sé, creo que no cambiaría nada. Porque si hoy estoy en la situación que estoy es porque se han ido acomodando las fichas en mi tablero de juego de esta forma, porque hay caminos que se abrieron y otros que se formaron. Otros que se están uniendo. Porque se armaron estrategias inconscientes y otras que conscientemente modificaron la dinámica por completo y me hicieron patear todo y volver a empezar.

Y no me quejo de mi presente. Me gusta. Estoy cómoda. Mejor dicho, estoy acomodándome.

Y definitivamente, esta ciudad me ayuda a hacerlo. Sí, de acuerdo, muchas veces la maldigo. La critico, la juzgo, la comparo despiadadamente con el "primer mundo", la desprecio y la niego. Pero la amo. Y cuando estoy lejos de ella, no puedo evitar llorar. No importa si me voy una semana, un mes o un año. Cuando en el avión veo la pantalla que me muestra la ruta de vuelo, y estoy de nuevo sobrevolando Argentina, esa sensación de seguridad, de estar en casa, de tranquilidad; es inmensa. Y no importa cuán cansada esté, vuelvo a sonreír y a llenarme de energía.

Sí, me gustaría vivir en New York. Sí, fui feliz allá y seguramente lo sea siendo parte de la ciudad que nunca duerme. Es mi sueño y lucho por concretarlo día a día.

Pero mi ciudad es mi ciudad. Y sus rincones estarán para siempre en mí. Me llevo sus fotos silenciosas en mi corazón, las capturo en mi álbum de vida. Y lo ojeo siempre que quiero, siempre que lo necesito. Sólo tengo que abrir la puerta de casa y comenzar el viaje hacia mis recuerdos, hacia mis momentos más preciosos y mas temidos.

Esta es mi vida, esta soy yo. Esta es mi configuración social, mi sentido de pertenencia y mi individualidad compartida. Mis mensajes implícitos y mis complicidades. Mis anhelos y mis tardes de deseos pedidos frente a fuentes repletas de monedas y a tréboles arrancados por pasión o por reprobación. Mis lágrimas derramadas, secadas con servilletas de bares en los que dejé parte de mi alma y mis pies cansados de bailar noches enteras al ritmo de música pagana en tantas guaridas y recitales. Mi voz ronca de gritarle a mi suerte, con el viento en contra, frente al río, y la boca seca de besos y llena de temores.

Nuestras tardes de invierno, congelados pero vivos, tan vivos y felices, tantas sonrisas, tantos abrazos. Nuestras mañanas de verano, bajo el sol de un día distinto, conociéndonos, disfrutando de nuestra mutua compañía.
Nuestra primavera que no fue y nuestro otoño largo y enrevesado. Donde nos odiamos y perdimos, nos separamos, nos dejamos. Donde corrimos a buscarnos, nos entregamos, nos rendimos. Nos hablamos, nos consolamos. Nos cuidamos. Nos queremos.

Bajo la mirada atenta de mi Buenos Aires querido.

Donde algún día no habrá mas penas...

Ni olvidos...

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