martes, 13 de diciembre de 2011

Jimena. Igual que yo.

¿Quién soy? Una mujer. Una mujer de 31 años. Llevo en mi piel marcadas algunas heridas que ya se sanaron, y otras que, aunque invisibles, aún arden. Ninguna ha sido letal, me he dado el lujo de sobrevivir.

En mis años de vida, he sentido tantas emociones y con tanta intensidad, que ni siquiera el más hábil poeta podría poner en palabras mis andares. Tantas tardes de verano viví al límite, con los ojos saliéndose de mi cara de tanto llorar, o de tanto reírme, o de rabia, o de pena. Pasé tantos inviernos acurrucada con una frazada al lado de la estufa, en mi casa de siempre, con la compañía de mi abuela.

Mi abuela, aquella mujer que ha sido mi protectora, quien me ha cuidado y enseñado tantas cosas. Esa mujer a quien hoy miro como un ser humano igual que yo, que siente miedos y se angustia también, que es frágil, que necesita ser querida y cuidada. Igual que yo. Que vivió su vida y tiene sus momentos en los cuales desea mover el tiempo hacia atrás y cambiar los rumbos. Que tiene penas y cosas que la lastiman, secretos guardados y llanto contenido. Igual que yo. Quien ha dejado sus días en mí, quien me extraña en silencio y me conoce como nadie. Quien puede darme un lugar en su vida siempre. Que tomó sus decisiones creyendo que eran las mejores. Ella, la que siempre está. Ella es un ser humano, igual que yo.

Igual que mi viejo. Ese hombre que estuvo poco en mi vida, a quien me falta conocer más, y a quien por momentos desconozco por completo. Ese hombre que me ama, a su manera. Quien daría su vida por mí, quien llora cuando me habla de su juventud conmigo en sus brazos y su falta de experiencia al momento de decidir qué hacer conmigo. Ese hombre, que es mi amor imposible. Ese amor imposible que busco y replico una y otra vez en mis falsos amores. Ese hombre que no estuvo, que me faltó. Pero que también es un ser humano. Como yo. Que hizo lo que pudo, lo que le salió. Igual que yo. Que seguramente hoy, si pudiera pedir algunos deseos, volvería hacia atrás y tomaría otros rumbos. Igual que yo. 

Igual que mi vieja. Que ha luchado toda su vida por superarse a sí misma, a sus miedos, a su infancia doliente. Que me ha dado su amor a su manera. Que ha bregado por su felicidad. Que ha hecho todo lo que pudo. Como yo. Esa mujer que renace de su propia muerte cada día y que elimina fantasmas de su pasado permanentemente. Como yo. Ella, quien ha necesitado a su madre y sus hermanos tanto, quien los extraña y los anhela. Quien se emociona con los tangos y las historias de su niñez. Igual que yo. Quien tiene sueños, quien me ayuda y me aconseja para que luche por los míos. Quien se sacaría un pedazo de su corazón y me lo daría con tal de que no llore más. Ella es un ser humano, igual que yo.

Igual que mi abuelo. Quien ya no está, pero sigue estando. El hombre que me ha amado como a su hija, su hija preferida, sus ojos, su negrita. Quien nunca dejó de saber quien era, aún en sus días más oscuros en medio de su enfermedad aniquiladora de recuerdos. A quien cuidé y amé. A quien entendí tarde y a quien debería haberle dicho tantas cosas antes de que se fuera. El, otro ser humano que hizo todo lo que pudo. Igual que yo.

Igual que mi tio Dani. Que se me fue temprano, tan temprano que no pude mostrarle todos los desastres que hice cuando crecí. Que no pude hablarle y decirle que me acuerdo siempre cuando cobró su sueldo y fuimos y lo gastamos todo en regalos para mí. Que el Cromi club de las figuritas nunca nos respondió la carta que le escribimos pidiéndoles las difíciles. El, para quien fui su piojo. El, que hizo lo que le salió con su vida, apasionado, adrenalínico, adicto a vivir intensamente. Igual que yo. Fue otro ser humano, igual que yo.

Somos todos seres humanos en mi familia. Y cada uno hacemos lo que podemos. 

Y ahora que somos grandes, que nos pesan más los años y que nos ponemos melancólicos y sensibles; ahora que se termina el año y ya no damos más, ahora es el momento de plantarme y ser fuerte y decirles a todos que sí los amo, a mi manera. Porque soy un ser humano y también hago lo que puedo.

Porque Jimena acá está, con su escarabajo tatuado en el hombre para mostrarle al mundo entero que es fuerte y resiliente, que se levanta de sus restos y se incorpora, y camina con la frente levantada y las alas rotas, hasta que se las arregla para coserlas y levantar vuelo. 

Que Jimena, aunque está sola, está bien. Que puede seguir un poco más. Y que cuando no pueda más, va a poder otro poco. 

Que no habrá mal de amores que pueda destrozarla ni mala gente que pueda derrumbarla. Porque lleva en la sangre la fuerza de todos los genes mezclados, de todos estos seres humanos que me han dejado el legado de ser yo, con la ventaja inigualable de hacer lo que podemos. Sin tener batallas ganadas de antemano o resultados comprados. Sin riquezas y sin demasiadas historias de conducta intachable. 

Que suerte que estuvimos y estamos todos locos. Que somos apasionados. Que tuvimos vidas perras de tantos enredos en los que nos metimos y que felicidad me da saber que aún la madeja sigue. 

Estoy orgullosa de ser Jimena. Porque soy un ser humano, como ustedes. Igual que ustedes. Igual que yo.

1 comentario:

Ѱe§enia Фsabelle ²º¹¹ dijo...

Que bonito es reconocer el amor que sentimos por aquellos que han marcado nuestras vidas. Ellos que con sus defectos y virtudes nos aman. Jimena te leo siento que te conozco. Tus palabras me llegaron de una manera inexplicable. Y estoy segura que muchas cosas hermosas vendran para ti, el dolor, las lagrimas derramadas seran pocas en comparacion a las alegrias, risas y felicidad con las que te premiera la vida. Eres una mujer valiente y eso hay que admirar.