lunes, 26 de diciembre de 2011

Salir del laberinto

Luego de pensarlo un poquito más, me dí cuenta que mi Minotauro no sos vos. 

En realidad, soy yo. Yo soy mi propio Minotauro. Y también soy Teseo. 

Es decir, yo misma me genero esos miedos espantosos que pululan en mi mente como fantasmas que me acosan y no me brindan paz, soy yo la que fuerzo mi mente hacia sus límites más extremos y la dejo deshidratada, confundida, aturdida. Soy yo, ese monstruo feroz devorador de humanos, la que lucho boicoteando mi propio bienestar, la que se enceguece con sus obstinados deseos imposibles y concibe al resto como la nada absoluta. Soy yo quien quita el existencialismo del mundo en sí para sólo centrarse empecinadamente en la pequeñez de sutiles momentos que tan solo ocupan fracciones de mi vida. 

Pero así como me han sido brindadas las herramientas para aislarme en mi oscura mente y destruírme, también me fueron brindadas las armas para batallar por mi luz. 

Por eso también soy Teseo. Porque el valor que me empujó a entrar al laberinto, ese tenebroso y hediondo caos, donde las paredes son altas y la salida parece alejarse con cada paso, ese valor es parte de mí, vive conmigo. Aquel conjunto de pasillos desolados, los que me acompañaron en noches solitarias y me hicieron distraerme de la nobleza de ocupar mi tiempo en otros lugares, aquellos que giraron estrepitosa y repentinamente para dejarme parada en medio de la más terrorífica escena destructiva, ellos ya no resurgirán. Esas paredes que me quitaron la luz, que me envolvieron en falsos abrazos y cuyas promesas vacías llevan escritas con sangre en sus superficies. fueron demolidas. 

Aquel monstruo desalmado, ha sido domesticado. Por Teseo. Por mí. 

Porque no he de darle muerte. No es posible. 

Así como no es posible referirme al tiempo como "siempre" o "nunca", así como la "eternidad" es inmensurable y cuestionable, así como el "amor eterno" queda prisionero de historias de amor medievales, así de extravagante sería darle muerte al Minotauro. 

Porque aniquilar ese monstruo también sería aniquilarme. Porque de su esencia he aprendido y he resignado, llorado y crecido.

Y únicamente en el mágico momento en el cual he dejado de correr y me he dejado alcanzar, solo así mi alma ha comenzado a liberarse. Cuando dejé de luchar, de discutir, de enfrentarme. Cuando dejé de resistirme, de escaparme, de escabullirme. De inventar momentos, de robar tiempo, de crear escondites. Cuando ya no anhelé que me crecieran las piernas para saltar por sobre las paredes, cuando entendí que mi vida, esa vida laberíntica y compleja, estaba ahí disponible para mí y que no era yo una víctima sino una heroína, cuando sentí el dolor en el pecho de la traición, cuando los pájaros cantaron fuerte para despertarme y el sol brilló como nunca para darme la energía divina que me ayudó a levantarme... sólo entonces supe que era libre.

Y entonces hoy, a tan solo una semana del último fin de año del mundo como lo conocemos, puedo finalmente sentir paz en mi pecho. 

Hoy, ya no le temo a la soledad, ya no lloro por desamores ni ansío imposibles. 

Hoy, he salido del laberinto. 

Y ya nada será igual. 

Ahora soy libre, en mi mente, en mi espíritu y en mi corazón. 



El zorro se calló y miró largamente al Principito: 
- Por favor... domestícame ! – dijo. 
- Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas. 
- Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, domestícame ! 
- Qué hay que hacer ? – dijo el Principito. 
- Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca... 



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