sábado, 3 de diciembre de 2011

Una conversación conmigo

Hola, ¿cómo estás? Hace tantos días que no te miraba a los ojos, que no te hablaba. Estás linda, el pelo así te queda bien, me encantan tus mejillas sonrojadas.

¿Cómo pasaste estas semanas? Si, me imagino. Por momentos sentiste que el mundo se venía abajo. Ya lo sé. Aunque estaba lejos pude percibirlo. Algo así como una lluvia de pensamientos poco felices, miedo al olvido y pesar de resignaciones de sueños frustrados. Estuviste impasible, sin conciliar el sueño. Te costaba dormir ¿verdad?. Sí, también me lo imaginaba. Sentí que te pasaste noches enteras tratando de distraerte con imágenes vacías, que no se conjugaban para dar sentido alguno. Te ví con el corazón cuando derramaste lágrimas sobre tu almohada pensando, recordando, extrañando...

Uno de esos días miré al cielo. Era de noche, y había una hermosa luna llena con muchísimas estrellas a su alrededor, bailando felices en aquella inmensidad. Tu recuerdo vino a mi mente y sentí que quizás vos también estabas mirando aquel bello escenario, y que estábamos conectándonos de esa manera en la distancia. Me perdí en ese ensueño, me dejé llevar.

Creo que me dormí. Y creo que soñé con vos. Estabas más hermosa que nunca, con tu sonrisa alegre y tus brazos moviéndose por sobre tu cabeza, al ritmo de una melodía deliciosa que endulzaba tu alma y traía al presente sensaciones que habías dejado por ahí olvidadas. Te ví danzando con tus pies descalzos, sintiendo la tierra, cerrando tus ojos y dejando salir de tu boca notas armoniosas que expresaban amor. Amor del más puro, amor sin sufrimiento.

Me desperté. ¿Estabas a mi lado? Sí, miré a mi derecha y te ví. Te ví un poco cansada, algo te pasaba. No se si fue mi imaginación, pero hasta parecías una película en blanco y negro. Sin vida.

Salté de la cama, me paré a unos metros y contemplé ese cuerpo que yacía ahí, lamentoso, triste, desahuciado. Sentí entre rabia e impotencia, ganas de darte unas cachetadas para que te despertaras, ganas de abrazarte, de decirte que todo estaba bien. Que yo no me olvidé de vos, que nunca te dejé. Esa mezcla de ternura y ansiedad que tantas veces ocupó mi corazón y embriagó mi alma con versos melancólicos de besos no dados y sábanas frías. Seguí ahí, tenaz, mirándote. Era el momento de tomar una decisión.

O salgo corriendo, doy un portazo y te dejo ahí muriéndote. O me quedo a enfrentar a tu lado este momento, a darte la mano hasta que estés lista para dejarme ir sin rencor. Entonces me quedé.

Y te acompañé en tu pesar, te hice mimos, te dí placer. Te acurruqué y canté, te dí seguridad, te dí amor. Te ayudé a entender que se puede vivir sin sufrir. Que no es necesario el dolor. Que te merecés ser feliz.

Fue ahí cuando despertaste.

Y me miraste a los ojos, con los tuyos llenos de lágrimas y me dijiste "gracias". Y sentiste cómo la luz se movía por tu cuerpo y te daba energía vital, te llenaba de nuevas ganas de seguir adelante. Te sanaste, te elevaste. Encontraste tu paz.

Fue ahi cuando nos reencontramos.

Jimena, ¿cómo estás? Hacía tanto que no te escuchaba.

Hola alma mía, aquí estoy. Ya volvimos a ser una.

Otra vez.