martes, 13 de marzo de 2012

El paraíso está en la Tierra

Definitivamente.

No hace falta morir para llegar a él. Aunque por momentos parece como si uno pudiese morir de amor o de felicidad, porque el corazón se comporta como a punto de explotar o salirse de su lugar. Como latiendo fuerte y luego deteniéndose arrítmicamente.

Flotar con los pies firmes sobre el suelo. Cerrar los ojos y flotar alto, despojándome de mi cuerpo, tan sólo sintiendo mi alma, que es libre y liviana. Que goza cada minuto, cada hora, cada mañana, cada tarde...

Disfrutar del amor en su expresión más pura y honesta es la belleza máxima que he experimentado en tanto tiempo. Un amor que no lastima, que no contamina, que no provoca discordia. Un amor que se llena de eternidad real, y no de palabras vacías de contenido o preparadas para un discurso formal ante quién sabe qué público.

Inmensidad, el sentimiento más sublime, más elevado, más iluminado que he experimentado. Dejarme caer en los brazos de la inmensidad del amor, en la pureza de la perfección de la sabiduría que el tiempo nos ha dado, que hemos aprendido. Dejarme sanar las heridas despacio, paso a paso, beso a beso.

Y sentir intensamente en mi piel la especial conexión que trae paz y naturalidad a mis días, que me muestra un camino nuevo, pero que se siente como si ya hubiese sido compartido antes, en otros tiempos.

Mirar a los ojos a aquel que me muestra su espíritu vivo, que me enseña acerca de la paz de la mente, de la compasión. Aquel que me arrebata el ego y me libera de mis ataduras, quien me deja volar y abrir los candados que me encierra en preocupaciones y miedos.

Aquel que me brinda seguridad, paz, contención. Real. Tangible.

Un ángel.

Mi ángel.

Y con él, vivo en el paraíso.

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