miércoles, 25 de abril de 2012

La antítesis del Nirvana

Cada vez me resulta más difícil vivir de este lado del mundo.

Siempre fui una persona muy sensible, emocionalmente frágil ante las agresiones y susceptible a la maldad humana. Pero últimamente, siento que todo lo anterior abunda en demasía.

Es como estar en un tablero de ajedrez, donde aunque no me interese jugar, me veo obligada a sufrir los ataques permanentes de los peones ajenos, que embisten furiosamente contra mi reino. 

Dicho más directo: están en el samsāra permanente, disfrazado de chisme, de falsedad; y con el ego más alto que lo que sus ojos pueden llegar a ver. 

En mi práctica de la compasión, los miro y me concentro para no desearles nada negativo (ya el karma se encargará en un futuro próximo de reacomodar los ejes), y hasta siento pena por su avidyā - que en sánscrito significa algo así como "ignorancia, el no-entendimiento de los fundamentos naturales de la realidad"

Todo en este camino es parte de desarrollar la habilidad de la liberación, del dejar ir, del vaciarse para ver que el mundo de Mayā es relativo, pasajero y cambiante. Y que aunque sintamos la necesidad de recurrir a médicos espirituales para que nos ayuden a alcanzar nuestros deseos caprichosos, la única forma de alcanzar nuestro equilibrio es reencontrándonos en la sabiduría de nuestro corazón, y desprendiéndonos de aquellos deseos que van en contra de la felicidad o el bienestar de los demás seres humanos.

Estoy lejos, muy lejos de alcanzar mi iluminación total. Pero al menos estoy en el camino y ya retiré mis tropas de ataque hace tiempo. Ya no lucho una guerra inventada sólo en mi imaginario, contra enemigos que son tan sólo el fantasma de actitudes y posturas que intentan distraerme y obstaculizar mi meta. 

Entonces, pido que se respete mi paz y mi serenidad, sin ensuciarme. 

El resto queda en manos de la rueda del Dharma. 

Por suerte, en poco tiempo estaré del otro lado del mundo.




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