viernes, 6 de abril de 2012

Tu escribes, el escribe.... yo escribo?

Claro que escribo.

Y después de 26 días, vaya si tengo para escribir.

Un lapsus de "tantas cosas" que han estado ocurriendo en mi actual encarnación, me mantuvieron "ocupada" en algunos quehaceres más mundanos y menos creativos, pero he sobrevivido una vez más. Ya estoy empezando a pensar seriamente en que tengo sangre felina; por lo de las siete vidas digo. Aunque ya a esta altura del 2012, ciertamente llevo más de siete vidas perdonadas, así que o vine con bonus track o más que sangre felina tengo algunas gotas del contenido del Cáliz de la Inmortalidad que Harrison Ford le dió a su papá Sean Connery en Indiana Jones.

No se asusten, no tengo un delirio de indestructibilidad de X-men, sigo con los mismos delirios de siempre, esos que ya conocen; pero un poco más medidos. Debe ser la edad. Es cierto eso que decían los que eran "grandes" cuando yo tenía 15 años, que anunciaban con una visión bastante deprimente el futuro "cambio inevitable" de volverse adulto. Y si bien no es tan deprimente, hay algunas cuestiones que ya no funcionan como antes; por ejemplo, elegir la paz a la exaltación permanente del espíritu. No, no, tampoco tengo delirio místico. Pero es cierto. Estoy mucho menos belicosa, y las injusticias me afectan igual de mal, pero puedo procesarlas de un modo menos agresivo para mi mente-cuerpo-espíritu.

Han sido días en los cuales me sentí como Locke cuando tiene que mover la isla de Lost. Perdón para aquellos que se perdieron la serie, pero la comparación, vale. Les digo otra, me sentí como Odiseo luchando contra todas las contrariedades que le impedían su regreso a Ítaca. Pero como un Odiseo estilo el Hombre Araña contra su Némesis, una lucha cuerpo a cuerpo contra mi misma. La última.

Y gané.

Claro, ahora ustedes se preguntan quién ganó, porque si soy yo contra mi misma, quién ganó? Bueno, es obvio no, gané yo. Fue la última gran batalla, como la del Último Samurai. Morir con honor, llegar al jardín de flores de loto y disfrutar de la paz.

Siempre es fácil perder la razón, volverse aún más loco y actuar en consecuencia. Expresar violentamente las insatisfacciones y caer en la tentación de la vulgaridad de la crítica despiadada, las redes de la soberbia y  la complacencia desmedida de los que parecen ser deseos irresistibles; son acciones propias de un camino bastante sencillo de recorrer. De hecho, he estado allí durante mucho más tiempo del que me hubiese gustado estar.

Pero lo que no es nada fácil es aprender a experimentar el desapego. El vacío.

Ya lo había hecho también antes. Cuando me animé a sentir el vacío, cuando me obligué a superar mi conciencia y neutralizar mis emociones. Sin estar apegada a nada, ni siquiera a mi misma.

Porque en ese vacío ya no hay sufrimiento. Si no existe nada, no hay origen del padecimiento, no hay dolor, ni incremento ni disminución del mismo, ni fin del sufrimiento. Ni acumulación, ni entendimiento. Porque no hay necesidad de alcanzar nada, entonces la mente es libre. Y entonces, ya no hay miedo. Y si no hay miedo, todos los pensamientos originales, que eran perturbadores y estaban hundidos en el sufrimiento, pueden ser dejados atrás.

Esta vez fue igual, pero conseguí ir unos pasos más arriba en este nuevo y encantador camino que decidí recorrer. Y aquella batalla fue la última contra mi misma. Porque ahora elegí no lastimarme más.

Así que, estoy de regreso.

Gracias por seguir ahí esperándome.



No puedo volver al ayer, porque ya soy una persona diferente.

Lewis Carroll

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