martes, 10 de julio de 2012

Adicta al dolor

Me duele. No puedo respirar. Se me hunde el pecho. Tengo el corazón partido en mil pedazos. Estoy destrozada.

A veces mas, a veces menos. A veces tanto que es mucho. A veces tan poco que parece nada.

Pero siempre esta. Y de la mano de amores imposibles, se incorpora en mi cual espíritu fastidioso y malhumorado.

Brillante en los estudios. Emprendedora. Profesional. Motivadora. Cautivante. Expresiva. Inteligente. Hábil con las palabras. Seductora. Compasiva.

Y adicta a sufrir por amor.

Dañada una y otra vez. Por elección. Por descuido. Hasta podría decir, por miedo. Miedo a una relación verdadera. Miedo a comprometerme. Miedo a la cercanía emocional.

Entonces la vida va colocándome espejos en el camino, para que reconozca quien soy, para que observe y aprenda.

Un manipulador psicológico; mi mejor arma para posicionarme ventajosamente en mis funciones laborales. Un obsesivo del pasado e inquisidor; apegada a lo que hice y no hice estoy, curiosa al extremo de encontrar siempre y saber aquello que no debería. Un espíritu libre temeroso a crecer; soy rebelde y le tengo terror al arrebato de mi libertad. Un apasionado luchador por sus sueños y excesivamente responsable; dos de mis grandes virtudes, que también son mis grandes defectos. Un cobarde, soberbio indeciso y prófugo; como yo al enfrentar mis carencias, o cuando me llevo el mundo por delante y quiero que algún otro responda como yo quiero o pienso, o cuando me escapo del mundo real y vuelo a mis sueños fantásticos.

Espejos.

Y hoy, a pocos meses de cumplir 32, me animo a admitir que estuve errada. Que ya esta, que ya no puedo seguir echándole culpas al afuera. Que es hora de mirarme. Que ya es tiempo de dejar de mentirme, de quitarme el vestido ese que hace muchos años me cosí al cuerpo.

Esta soy yo. La que tiene los ojos llorosos porque sabe que llego la hora de volver a empezar. La que sabe muy bien que perdió batallas que podrían haber terminado mas armoniosamente. La que no es totalmente víctima ni totalmente mercenaria. La intolerante, la impaciente, la que no se banca esperar que los eventos tomen su curso e interviene siempre. La que no admite errores. La que condena con exigencia. Y la esclava de su propio drama infringido.

Y como en todas las adicciones, hay pasos a seguir en la recuperación.

Hoy di el primero.

Y ya me siento mejor.


Enviado desde mi BlackBerry de Movistar (http://www.movistar.com.ar)

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