jueves, 2 de agosto de 2012

Dejar de amar

Hace días que no escribo. Y días que no duermo bien. O que como bien.

Pero lo más curioso es que hace días que no pienso en vos. Días que ya no te amo.

Hoy me dí cuenta. Cuando de repente,y luego de tachar semanas en mi calendario de memorias, volví a recaer en la tristeza que asocio a tu imagen. Y se me vinieron encima las palabras, los momentos, las risas. Creo que hasta recordé tu tono de voz.

Entonces cerré mis ojos bien fuerte,como para que cualquier lágrima que quisiese asomarse quedara prisionera, aseguré el candado de mi corazón y me llevé la mano al pecho, para que no me doliese tanto. Obligué a mi mente a desasociarse de vos rápidamente, a que todo ese desprolijo caos implosionara en otro lugar que no fuese mi alma.

Te dejé de amar, así como hace 9 meses dejé de comer carne. Porque me caía mal, no la digería. Porque no me hacía sentir bien.

Y, fundamentalmente, por elección. Porque ahora elijo sentirme bien. Y no me asusto.

No me asusta ya soltar tu mano. Ni la de otros que me han acompañado hasta este momento en el camino. Y no es arrogancia ni autosuficiencia, es aprendizaje. Es poder vivir en soledad, sin apegos emocionales que me consuman en llamas y me perturben tóxicamente con sus extrañas ideas y sus devenires inesperados y turbulentos.

Dejé de amarte y pasé a amarme yo. Cada día, hora a hora. A mi como mujer, con mis virtudes y mis defectos. A mí, como ser humano, con mis aciertos y mis errores. Me amo y me elijo. Concientemente.

Que pena que no te hayas quedado para compartir este gran salto, este gran momento. O quizás, que bueno que te fuiste, para que pudiese ver lo que siempre estuvo frente a mi ojos y no tuve la capacidad de apreciar antes. Que detrás de la puerta que cerraste, y con esa corriente de aire que provocaste del golpe seco que le diste, se abrieron muchas ventanas. Que permitieron que me oxigenase y no muriera. Que me regalaron rayos de sol cálidos y me cuidaron del frío glaciar que arrastró tu capa real de indiferencia, al darme la espalda.

Ya no te amo, es cierto. Hoy estás ahí, pero no estás.

Y mañana, quien sabe mañana qué pasará.

Quizás te hagas humo.

O tierra.

O agua.

O quizás ni siquiera me entere, porque ya tu materialidad encarnada ni siquiera vibrará.

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